Post 9: Nuestra historia Parte II. El embarazo de Salvador y de Joaquín

Sí, todo en nuestras vidas ha sido una vorágine. Nos conocimos en febrero del 2013 y en Marzo, casi un mes después,  habíamos decidido vivir juntos.

Y así pasábamos a otra etapa nueva. La convivencia. Puedo confesar que no fue complicada. Salvo por aquella vez que en mi afán ansioso de ordenar la casa decidí sacar de sus empaques los carritos que coleccionaba Rubén, y de paso botar las leyendas con los que venían. «Mucho papel», decía. «Este es un departamento de 100 m2 y lo que más se necesita es espacio».

Cuando te diste cuenta de la manera tan natural con la que echaba cada leyenda de tus carritos a la basura, te indignaste. Yo no te entendía. «Son papeles», te decía. «La idea es lucir tus carritos, no ese papel donde te explican su origen e historia».

Y así como esa vez me di cuenta del error y comprendí lo importante que era tu colección de carritos con sus leyendas, tú has cedido muchas veces conmigo. Como en esa mala manía de tener nuestra habitación como el centro de operaciones de la casa, o gastarme toda el agua caliente de la terma cuando me baño antes que tú.

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Ru y yo y nuestras primeras semanas de convivencia

Un día, luego de dos meses de vivir juntos, nos dijimos: «¿y si tenemos un hijo?». Lo sabemos ¡qué locura! «Si recién estaban viviendo juntos», se deben estar diciendo. Pero los dos éramos un torrente. Apresurados por vivir.

Les confieso que, como nunca antes había intentado embarazarme, me imaginaba que lograrlo nos tomaría un tiempo. Un año en el mejor de los casos. Así que decidimos no cuidarnos y ver qué pasaba.

Era un viernes y salí del trabajo para ir por Rubén y luego a casa. Estaba antipatiquísima y sensible. «Ya debe de venirme la regla», pensaba. Siempre tengo esos cambios de humor y nostalgia en los días que estoy por menstruar.

Llegamos a casa y Rubén se echó a dormir a las 7 de la noche cuando yo andaba con mi crisis hormonal. «Es un inhumano», pensé. Y así en llantos me sentía particularmente muy sensible. Reparé en algo: «tengo dos o tres días de atraso y yo soy recontra puntual con mi periodo menstrual, pensé. «No vaya a ser que esté embarazada», me dije, e inmediatamente me lo negué «Nooo, ni que fuera un campo fértil. Ya nos dijo el doctor que esto puede tomarnos hasta un año». Y así me quedé dormida.

A las 6 de la mañana del día siguiente estaba con los ojos abiertos y con una intuición que me decía «estás embarazada». Así que esperé hasta las 7am para cambiarme e ir por un test de orina a la farmacia. Volví con el rapitest en la mano y Rubén seguía durmiendo. «Esto lo hago sola», pensé. Me metí con ese dispositivo novedoso al baño y luego de leer bien las instrucciones, hice la prueba. Se marcó una rayita, luego otra. Eso, según las instrucciones, indicaba que estaba embarazada. Empecé a temblar: de emoción, de nervios, de miedo.

Fui al cuarto con el test en la mano y desperté a Rubén. «Estoy embarazada», le dije llorando. Recuerdo que él abrió los ojos y lo primero que hizo fue abrazarme y decirme: «¿y no estás feliz? Eso es lo que queríamos». «No pensé que fuese así tan rápido», le respondí.

Inmediatamente, nos invadió la ilusión. Llamemos a nuestras mamás. Demás está decir que tan alegres se pusieron mi mami, mi suegra, mi cuñada, mis hermanas. Recuerdo que Gaby, mi hermana, nos advirtió: «sean cautelosos, las primeras semanas son a veces complicadas». «Ok» le dije, «¿qué podría pasar?», pensé, era una chica sana, las posibilidades de que algo suceda las veía remotas.

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El viernes aquél en que estaba antipatiquísima y sin saber que ya estaba embarazada de Salvador

Sin embargo, había obviado un gran detalle. Por casi nueve años venía tomando un ansiolítico: clonazepam. Me servía para conciliar el sueño por las noches. Inicialmente me lo recetó el psiquiatra que visité por primera vez luego de un episodio de insomnio que tuve. «Tienes un cuadro de depresión y ansiedad generalizada», me dijo luego de su diagnóstico. Era Agosto del 2004 y luego de mucho tiempo sentía que ya no podía con mis periodos de tristeza y mis noches en vela. Le pedí a mi papi -que aún vivía – y a mi mamá que me acompañaran al psiquiatra. «El psicoanálisis  y las terapias no hacen resultado», les dije.

Y así empecé mi paso por las «pastillas para el alma». Me recuperé luego de unas semanas de tratamiento, pero después de algunos años volví a tener una crisis y fui a otro psiquiatra que me recomendaron. Me diagnosticó lo mismo y me dio la misma receta: ansiolítico y antidepresivo. Nunca le conté a este doctor que luego de recuperarme ya no tomaba el antidepresivo pero sí el ansiolítico. No lo vi necesario. Cuando ya pudiese manejar mejor las cosas lo dejaría de tomar. «No había de qué preocuparse», me decía.

Pasaron los años. Me casé. Me divorcié. Salí con algunos chicos. Me hice enamorada de alguno de ellos. Cambié de trabajo. Tenía mis decepciones. También mis alegrías. Nada era tan gris. Y pasaba el tiempo. Conocí a Ruben. Nos enamoramos. Decidimos vivir juntos. Decidimos tener un hijo. Nos enterábamos que estaba embarazada. Y luego de contárselo a nuestras familias y algunos amigos, reparé en que debía cuidarme extremadamente. Era momento de dejar de tomar el clonazepam.

Lo hice. Pasó una noche y dormí sin la ayuda de la pastilla. Otra noche y también dormí sin la pastilla. «No ha sido tan difícil», pensaba. Hasta que llegó la tercera noche y yo tenía una piedra de angustia en el corazón y los ojos abiertos de par en par. No dormí esa noche, tampoco la siguiente, ni la subsiguiente. Entré en shock. Comencé a averiguar qué efectos generaba la suspensión abrupta del clonazepam y cada artículo que leía era peor que el otro «cuadros de abstinencia» decían. Estaba teniendo un cuadro de abstinencia con un embarazo de 6 semanas. Sin poder tomar la pastilla para dormir para no hacerle daño a mi bebe. Me sentía morir. Inmediatamente llamé a la doctora Marta Rondón, quien ya me había tratado antes y de quién no tenía duda era -y es- la mejor psiquiatra del mundo. Le conté todo por teléfono y me citó en su consultorio esa misma tarde.

«No es lo mejor tomar esa pastilla cuando estas gestando», me dijo, «pero el retiro de la toma debe ser gradual y acompañado por otros fármacos. Buscaremos el menos nocivo para tu bebé»

Empecé con este nuevo tratamiento, mi bebé en panza y una culpa más grande que el universo por no haber previsto esto antes de embarazarme.

Fue duro. Muy difícil. No dormía. Una, dos, tres noches. A la cuarta lograba dormir algo porque la somnolencia era demasiada. Pero tenía a mi bebe creciendo dentro de mí y todo esfuerzo valía la pena.

Pasaron algunas semanas y así cómo vivía con esa pesadilla de la abstinencia no dejaba de ilusionarnos nuestra próxima paternidad  y maternidad, así que la noticia ya era casi conocida por todos «la Pao está embarazada».

Recuerdo que fue un sábado. Estábamos en casa de mi mami y tenía 10 semanas de gestación. Ya iba a cumplir los tres meses. Estaba jugando con mis sobrinos y Ruben en la cama de mi mami y tuve ganas de hacer pis. Cuando fui al baño encontré una mancha de sangre en mi trusa. Me quedé paralizada. Recordé que el ginecólogo nos había dicho que  debíamos alarmarnos si sentía cólicos de menstruación o si tenía algún sangrado, pero que eso no implicaba «necesariamente» un aborto (palabra tan lejana en mi vocabulario en esas fechas) solo alguna alteración en la gestación.

Corrimos a la clínica. Entré por emergencia sin mucho temor. Llegó el ginecólogo de turno y me revisó. «No encuentro más rastros de sangre», me dijo. «Igual haremos una ecografía».

Me alisté para la ecografía sin algún mayor temor y mucha tranquilidad de saber que todo ya estaba controlado por los doctores. Entramos a la sala de ecografías y me eché en la camilla para que pasaran por mi panza el “transductor” que permitiría ver a mi hijito por la imagen de la pantalla. Vi como Rubén sacó su celular para tomar alguna foto. El doctor me pasaba y pasaba el «transductor» por la panza. No decía algo. «Este doctor es algo frío», pensaba. Y así de frío también nos dijo sin preámbulo alguno: «No hay latidos» «usted ha perdido al embrión». Fue duro. Ha sido quizás lo más duro, gélido y aterrador que he escuchado. Lo miré a Rubén y vi cómo nuestra ilusión se iba al piso. Salimos del cuarto de ecografías y nos abrazamos y lloramos mucho. Muchísimo.

Lo que vino luego fue una nueva depresión que se sumaba al periodo de abstinencia al clonazepam. Debe haber sido una de las etapas más difíciles que he pasado. Pero sobreviví a ella con el cuidado y amor de Rubén. Muchas veces le propuse separarnos. «No tiene por qué cargar con una chica así», me decía. Pero él es muy terco y nunca aceptó esta propuesta.

Dudé de volverme a embarazar. «Ésto no es para mí» me decía muchas veces. Pero Rubén estuvo a mi lado, dándome confianza. A su lado y el de la doctora Rondón pude salir de esa nueva depresión y superar la abstinencia del clonazepam. Pasaron algunos meses. Tomé unas nuevas pastillas «de última generación» que no creaban dependencia y que me ayudarían a recuperarme.

¡Y lo logré! – aunque me hizo ganar mucho peso- Un día de marzo del 2014 dejé de tomar pastillas y escuché de la doctora Rondón: «ya estás lista para buscar a tu bebé».

En Abril de ese año nos enterábamos de que estaba otra vez embarazada. La ilusión nuevamente volvió, pero también la prudencia. Estuvimos así  de “cautos” hasta que lo pude contar el día que nos confirmaban que venía un niño en camino. Joaquín. Ya tenías nombre, piojo. Y no sabes con cuánto amor te esperamos esos nueves meses.

Quizás ahora ustedes entiendan por qué Joaquín es un niño tan especial para mí, para Rubén y para nuestras familias y amigos.

Las lecciones que saqué de esta experiencia que pasé fueron tres: 1) Nunca tomar una pastilla sin supervisión médica y menos una benzodiacepina (clonazepam) porque genera dependencia. 2) Las cosas siempre pasan por algo. Por más doloroso que haya sido para mí y para Rubén perder a nuestro bebé, ese duro episodio nos permitió conocernos y amarnos más. Nuestro bebé, que se llama Salvador, tuvo un propósito: dejar que sus papis se compenetren más y permitir que Joaquín llegue a nuestras vidas. 3) Nunca perder la esperanza. Yo imaginé que la maternidad no era algo para mí si podía perder un embarazo. Pero mírenme ahora: soy mamá. Nunca hay que rendirnos, salvo que nuestra decisión sea otra (lo que es totalmente respetable).

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Nuestro segundo embarazo. Joaqui en camino

 

2 comentarios

  1. Paola, admiro toda tu valentía de haber afrontado esa dura situación y el esfuerzo que hiciste para dejar el clonazepam, yo también lo tomé por unos meses y sé que realmente cuesta porque te vuelves dependiente. Y que bueno que Rubén haya sido terco, ahora tienes una hermosa familia. Me encantó el post.

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    • ¡Muchas gracias, Carolina!
      La benzodiacepina es una droga muy traicionera. Te da «paz artificial» y luego es difícil dejarla. Lo mejor, como en toda medicación, es hacerlo con supervisión médica.
      La terquedad de Ruben nos llevó a tener nuestra bonita familia ❤️
      ¡Gracias por leernos!
      Un abrazote! 😘

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