Post 4: El soldado desconocido

Por Papababas. 

El 29 de julio pudimos resucitar un poco de la gripe. Yo no estuve tan grave, recién estoy entrando en el proceso. Pao, la primera que cayó, ya se está recuperando, pero aún está con malestar del cuerpo. El Joaco sí está en el pico de gravedad. El mismo 28 en la noche tuvimos que llevarlo a la clínica. Hasta ahora sigue emanando fluidos permanentemente. “¡Qué tales Fiestas Patrias!”, pensé.

Entonces lo despegamos de Peppa pig cuando su tío Sergio nos llamó el 29 por la mañana, porque tenía pases para la Parada Militar. Él es bombero.

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Foto: Joan Ríos Incio.

Sinceramente, no soy muy fan de ir a hacerle barra a batallones tras batallones de militares desconocidos marchando y haciendo cánticos de guerra al estilo de los espartanos de “300”. Me reía cada vez que se oían los gritos de la gente cuando pasaba un batallón de alguna fuerza armada haciendo esas piruetas ensayadas. Gritaban como fanáticas de “Esto es Guerra”.

Y luego recordé mis clases de titulación con Rocío Trigoso en la PUCP, antropóloga visual, en las que analizaba el corso de Wong como elemento performativo que representaba un acto de construcción de nación, al igual que la Parada Militar.

Aunque la Parada Militar sea mucho más tradicional, el hecho de que sea televisado lo vuelve un acto de entretenimiento que, como mensaje en sí mismo, transmite un sinnúmero de elementos que deberían construir la idea de Nación.

Deberían.

Me disculparán, pero la Parada Militar, hasta ese momento, no me había generado mucha identificación ni idea de pertenencia a una nación llamada Perú.

Hasta ese momento.

Luego de la Parada Militar, Pao y yo le propusimos a Sergio y a su mamá ir a comer a El Hornero, en Chorrillos. Joaco pudo comer algo. Le pedimos unos espaguetis con salsa pesto que venían con lomo empanizado. Por suerte, Joaco recibió la comida a pesar del malestar.

Luego de la parrillada, la mamá de Pao propuso ir al Morro Solar.

Interesante. Mientras Sergio le explicaba al pequeño Sergito qué era el Morro, yo iba mostrándole Lima a Joaco. La vista es hermosa. Joaco estaba contento. Era la tercera vez que íbamos al Morro con Joaco. Y cualquier trajín cargando sus 14 kilos, subiendo y bajando gradas en el Morro, lo valen.

Antes de irnos visitamos el monumento al Soldado Desconocido.

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Ahí Sergio reconoció los apellidos de varios de los militares muertos en los combates de San Juan y Miraflores porque éstos también habían sido bomberos, de la bomba Lima 1.

Luego me explicaba sobre los reductos defendidos por el ejército peruano durante la invasión chilena a Lima. Me hizo recordar que hubo hasta 10 reductos, pero no en todos se luchó. Uno está en el actual “Parque del Reducto”, en Miraflores, que constituía el reducto N°2. Otros más están entre Surquillo, Surco y llegan hasta Ate.

Los nombres y apellidos de los oficiales y combatientes que murieron en estas batallas, defendiendo a Lima, estaban inscritos en una larga lista que conformaba hasta 7 columnas en una gran placa de bronce donde se lee en el título:

LA NACIÓN
A SUS HERÓICOS DEFENSORES
CAÍDOS EN LAS BATALLAS DE SAN JUAN Y MIRAFLORES
13 Y 15 DE ENERO DE 1891

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Entonces pasó.

Lo que viene es anecdótico. Quizás un mensaje cósmico. Júzguenlo ustedes mismos.

Luego de que Sergio me contara sobre lo de los reductos y cómo varios de los oficiales combatientes eran bomberos, tras las fotos de rigor, todos se fueron yendo. Pero aun así, me quedé con el Joaco por una especie de necesidad obsesiva que me dio en ese momento. Sinceramente, no sé por qué quería leer todos los apellidos. Quería saber si había algún combatiente con alguno de nuestros apellidos.

Justo le había comentado a Pao que mi apellido era el último que esperaría encontrar en esa lista. “Qué, o sea tu apellido es poco común… qué creído”, me dijo bromeando. Luego se fue alejando y cada tanto que avanzaba, me gritaba desde lejos para que ya fuera, pero yo empecé a leer la lista desde el final, siempre desde arriba hacia abajo.

Y a que no saben.

Luego de soplarme toda la lista me topé con dos Mendoza. “Bueno, Mendoza es bastante común en el Perú”, me dije.

Pero hacia el final de mi lectura, casi apurado por irme con el Joaco, me topé con un tal “Manuel R. Cano”. Es el transantepenúltimo de la primera lista de oficiales. O el cuarto, visto desde abajo.

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Entonces no sólo encontré un “Cano” –lo que sinceramente era lo que menos esperaba-, sino que no era cualquier “Cano”.

Era un tal “Manuel R. Cano”.

Mi padre se llamaba Manuel. Yo me llamo Rubén. Y Joaquín es Joaquín Manuel Cano Gálvez –sí, la obsesión por la herencia de los nombres-.

Recapitulemos las señales: 1. De un momento a otro decidimos aceptar la invitación de Sergio para ir a la Parada Militar. 2. Sergio es bombero. 3. Hacia la última parte de la Parada salió un sol esplendoroso en pleno invierno limeño. 4. Luego Paola y yo propusimos comer en Chorrillos. 5. A la mamá de Paola se le ocurrió ir al Morro Solar, pues el fallecido papá de Paola, Don Sergio –sí, hay como una cierta obsesión por la herencia de los nombres-, las llevaba a pasear muchas veces al Morro. 6. En el Morro bajamos y luego de observar Lima desde el cielo, nos detuvimos en el monumento de El Soldado Desconocido. 7. Sergio se fija en algunos apellidos de bomberos que también eran militares. 8. Yo me obsesiono por buscar, junto a mi hijo, si es que hubo un soldado con nuestros apellidos. 9. Tengo muy pocas esperanzas de encontrar un “Cano”. 10. Encuentro un “Cano” y no cualquier “Cano”. Es “Manuel R. Cano”. 11. Mi papá y mi hijo son homónimos incuestionables de ese soldado desconocido. Y si esa “R” es de Rubén, lo seríamos los tres.

En medio del ventarrón medio épico que se siente a esa altura, con un sol esplendoroso en pleno invierno de Lima, casi casi como un documental de TV Perú, yo cargando a Joaco con uno de mis brazos –son 14 kilos, por si acaso-, y en medio de las llamadas de Paola, termino encontrando un Cano.

Entenderán que me quedé sorprendido. La piel se me escarapeló.

Entonces regresé al momento de la Parada Militar, viendo a todos esos soldados desconocidos para mí y me sentí identificado. Me sentí mucho más patriota de lo que me había sentido. Incluso, me avergoncé de ese desdén mío por las etiquetas patrióticas y mis burlas al acto en sí mismo.

Sentí que todos esos soldados, cada uno y todos al mismo tiempo, eran como ese tal “Manuel R. Cano” que dio su vida por defender este país. Por defender esta ciudad.

Incluso sentí que, a través de él, mi hijo, mi viejo y yo, éramos mucho más peruanos. Es como si la idea de nación me haya entrado recién este último 29 de julio del año 2016, a mis 37 años, a través de la piel escarapelada que sentí al leerlo.

Y lo más asombroso es que he ido hasta en cuatro oportunidades al Morro y nunca me percaté de esto antes. Recién este último 29 de julio de 2016. Recién cuando estuve ahí con mi hijo de 1 año y siete meses de nacido. Recién, luego de 7 meses de la muerte de mi padre. Y a 4 días de mi cumpleaños número 38.

Intuyo que, en adelante, las Fiestas Patrias tendrán un significado diferente para mi familia.

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Foto: Joan Ríos Incio.

2 comentarios

  1. Me parece interesante y un poco me identifico con lo que escribiste.Espero algún día encontrarme con un valles,o saber sobre la familia de parte de mi papá,la cual se poco o nada..espero toparme algún día con un mural donde el apellido de mi papá aparezca y me de un rastro de su familia tambien!!

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  2. ¡Gracias Nino! Si alguna vez logras encontrar información sobre la familia de tu papá, avísanos y quizás puedas contarla en el blog. Recuerda que The Mamas & The Papas representa una comunidad de padres y de hijos también.

    Un fuerte abrazo.

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