El eterno retorno
La primera vez que me fui de casa de mi mamá fue luego de la muerte de mi papá.
De los cuatro hermanos que somos -tres mujeres y un hombre-, yo era en ese momento la única soltera y sin hijos. Cada uno pasaba por el duelo de haber perdido a nuestro papá pero, a diferencia de mis hermanos, yo no tenía familia (esposo e hijos) y por lo tanto no tenía preocupaciones ni responsabilidades que pudieran distraer el recuerdo de mi papá.
Mi hermano le propuso a mi mamá ir a pasar una temporada a casa de mis tíos en Estados Unidos para que se distrajera y así la ausencia de mi papá no le resultara tan dolorosa.

Con el duelo por la reciente pérdida de mi papá y la ausencia temporal de mi mamá, decidí irme a vivir a casa de una de mis mejores amigas quien, coincidentemente en esas fechas, estaba viviendo sola con su pequeña hija porque su esposo estaba en el extranjero por temas laborales. Ella me propuso acompañarnos una temporada, y yo acepté.
Cuando mi mamá volvió de Estados Unidos me sugirió volver a su casa, pero ya había salido del «hogar de mis padres», además que andaba en una época de mucha rebeldía y no acepté su propuesta. Pasó un tiempo y por diversas circunstancias regresé a su casa pero tuve una estadía cortísima porque decidí a los pocos días de mi regreso, ir a convivir con en el que ahora es mi ex esposo. Luego de un año de convivencia nos casamos y después de tres años de matrimonio decidimos separarnos y divorciarnos.
Habían pasado casi cinco años de mi salida de casa de mi mamá, y volver a ella luego de mi separación y divorcio no estaba en mis planes, pero sí en los de mi mamá. Otra vez me ofrecía volver a su casa. «No necesitas alquilar algo. Acá tienes todo», me decía. Pero como andaba muy desordenada y vivía llena de apariencias, vivir con mi mamá nuevamente, después de cinco años fuera de su casa, «no se vería bien», pensaba. Así que nunca consideré su propuesta. Solo estuve con ella el tiempo que me tomó alquilar, junto con mis primas, un lindo departamento en una linda zona de Miraflores y, al lado de ellas, viví una de las épocas más bonitas de mi nuevo estado civil y de mi vida.

Sin embargo, luego de dos años, por diversas circunstancias -mías y de mis primas- tuvimos que abandonar nuestra divertida convivencia. Una vez más mi mamá me ofrecía retornar a su casa. En ese tiempo sentía que cargaba con mucha soledad y con una necesidad grande de cariño y atención verdadera, así que esta vez sí acepté. Retorné a la casa de mis papás luego de siete años fuera de ella. Necesitaba regresar al hogar que siempre me dio calor y confianza y al que había dejado de valorar por muchos años.
Había vivido una vida desenfrenada: convivencia, rommate, matrimonio, divorcio, fiestas, juergas, conciertos, enamorados, salientes, etc., etc., etc., pero tenía un vacío inmenso en el alma y sentía que solo el hogar de mi madre, que significaba sus cuidados y amor, me curarían.
Desde esa fecha comencé a ver y a valorar muchísimo la existencia de mi mamá. Y no es que antes no lo hubiese hecho, pero creía que mi mamá, su amor y cuidados, eran parte de lo que correspondía ser. Como un statu quo. Como algo establecido por la naturaleza y que le estaba asignado a todas las mamás.
Sin embargo, llega un momento en nuestras vidas, y estoy segura que a casi todos nos ha pasado o está por pasar, en el que aprecias profundamente el hogar de tus padres. Tu nido. Ese espacio de seguridad plena y de amor incondicional. Y en el que además te das cuenta que no hay mejor amiga o amigo, esposo o esposa, novio o novia, que sea más leal que tu papá o mamá. La mía siempre estuvo a mi lado sin que yo me diera cuenta, atenta para ofrecerme sus cuidados y cariño, y yo no había considerado todo esa fidelidad que me había mostrado, y aún lo hace, durante muchos años.
Hoy, con casi 40 años encima, una pareja, un hijo y un hogar construido y sostenido por los tres, aún vuelvo donde mi mamá. La busco. Necesito de sus consejos, de su sencilla y nada complicada mirada de la vida, de sus cuidados, de su amor, de su organización. Soy madre y nunca dejo de ser hija. Y quisiera representar en unos años lo mismo para Joaquín, quiero ser su lugar de reposo, de seguridad y fidelidad eterna.
El eterno retorno. El eterno y continuo retorno.
