El embarazo de Joaqui lo hice tranquila. Solo tomé una minúscula dosis de medicación que la doctora Marta Rondón había sugerido para evitar que cualquier episodio de ansiedad se convierta en uno de estrés. Esta medicación, de acuerdo a estudios, no era incompatible con la gestación en dosis menores como las que tomaba.
Demás está decir que el embarazo lo hice con el acompañamiento y supervisión de la doctora Rondón – nos veíamos una o dos veces por mes y monitoreaba cómo iba emocionalmente- además de mi ginecólogo, quien era muy particular en su trato: poco paciente y tosco, pero, finalmente, mal ginecólogo no era y trabajaba en la clínica San Felipe que habíamos elegido con Rubén para llevar el embarazo y nacimiento de Joaquín.
Les contaba que el embarazo de Joaquín lo hice tranquila, pero lo confieso: eso no es cierto.
En el primer periodo que culminaba en la semana 12, viví imaginando que en nuestra siguiente consulta el ginecólogo nos anunciaría que nuestro bebé ya no tenía latidos, que lo habíamos perdido.
Estaba de 10 semanas y era un día de trabajo. No me podía concentrar. Le escribí por whastapp a Rubén contándole que sentía mucha angustia porque notaba que desde hace unos días no tenía los síntomas del embarazo.
– No tengo nauseas, no tengo sueño, le escribía. Estoy segura que hemos perdido al bebé. La hormona del embarazo debe haber descendido porque no siento nada y la única manera de confirmar esto es con una ecografía.
– Pero Pao, la siguiente ecografía es la de la semana 12, faltan dos semanas. Aguanta un poquito. Todo está bien, te lo aseguro, me respondía.
– No hay forma, le dije. Dos semanas son una vida para mí. No voy a aguantar hasta la semana 12, así que por favor vamos por emergencia a la clínica. Me inventaré que estoy con un cólico extraño. Me tienen que atender.
Así que con la seguridad de ese supuesto cólico y la confirmación de que no tenía nauseas ni sueño, le pedí permiso a mi jefe (Sergio, mi jefe, era el único de la oficina que sabía de mi nuevo embarazo).
Y así fue. Al mediodía de un día laboral estábamos en la emergencia de la clínica, con un cólico inventado por mí y toda la intención de que me hagan una ecografía que confirmara que mi bebé seguía allí, en mi vientre, y, si no era así, saberlo de una vez y llorar y lamentarme mucho, pero tener la certeza de las cosas.
Llegamos y el ginecólogo de turno era súper bueno. Se creyó mi cuento del dolor abdominal y me hizo una ecografía para certificar que todo estaba bien. Y sí que lo estaba. Tenía a mi Joaqui con el corazón latiendo a toda velocidad. Pero bien dicen que no hay «crimen perfecto» (en este caso sería «mentira perfecta») así que habían llamado a mi ginecólogo para reportarle mi ingreso a emergencia y él había decidido acercarse para ver a su acontecida paciente, o sea a mí.
¿Recuerdan que les conté lo poco tolerante y tosco que era mi ginecólogo? Bueno, también era -es- bastante «avispado» y ya había sacado mi perfil ansioso desde la primera cita que tuve con él. Así que el cuento del dolor abdominal no se lo creyó, más cuando todo estaba bien de acuerdo a la ecografía. Me desenmascaró y no me quedó más que confesar que no soportaba esperar dos semanas más para saber si todo estaba bien o mal. Nos fuimos de la clínica avergonzados y con una cuenta por pagar no cubierta por el seguro.

Y así pasaban los meses y cada uno más particular que otro. Ahora, esa no fue la única vez que tuve la imperiosa necesidad de que me hagan una ecografía. Fueron muchas. Tenía loco a Rubén e incrementé los ingresos de Inppares, adonde acudí por una y otra ecografía que el seguro particular, obviamente, no lo cubriría. Cuando Joaquín se comenzó a dejar sentir con sus patadas, hipo y constantes movimientos, mis necesidades de ecografías “extras» fueron reduciéndose.

Di a luz. Nació Joaquín. Y llegaron los temidos días del post parto.
Con mis antecedentes de depresiones y cuadros de ansiedad, las probabilidades de hacer una depresión post parto eran altas. Ya habíamos venido conversando con la doctora Rondón sobre esta posibilidad y las alternativas para enfrentarla.
Ella sugería no ilusionarme con la lactancia por la posible medicación que necesitaría y que, probablemente, no sería compatible con la alimentación de Joaqui. Yo sentía un nudito en la garganta de pensar que no le daría de mi leche y que no tendríamos ese lazo emocional sólido que se genera cuando le das de tu teta a tu bebé.
– ¿Y si no tengo depresión post parto?, le decía. Alguna pastilla debe haber que sea mínimamente compatible con la lactancia.
– Lo evaluamos en su momento, me respondía ella. Ahora disfruta tu embarazo.
Nació Joaqui, y tuve, como toda mujer después del parto, un descenso violento del nivel de mis hormonas. Sensibilidad, emotividad, irritabilidad, fragilidad, debilidad y mucho cansancio se apoderaron de mí.
Pero al otro lado de todas estas emociones tenía a un pequeñito, que solo demandaba de mis cuidados y atención.
No sé qué suerte de fortaleza mágica y especial tenemos las mujeres, pero esa fortaleza ayudó a que me sobreponga. Con mis llantos y tristeza me enfoqué en Joaqui. No había minuto que se descansara: cambiarpañales-bañarlo-esterilizarbiberones-extraermeleche-arrullarlo-contemplarlo. Tenía una nueva rutina.
¿Y las pastillas?
Tomé algo de medicación la dos primeras noches. En muy baja dosis para no interrumpir la lactancia. Pero luego, no sé en qué momento dejé de recordar que las necesitaba y a asumir que la tristeza de esos días era momentánea, que pasaría y que era mejor enfocarme en cuidar y querer a Joaqui. Y así es hasta hoy.
Nunca más he necesitado de pastillas, y si he tenido mis bajones, he convivido con esa tristeza el tiempo que ha durado sabiendo que pasará, que, finalmente, ninguna tristeza es eterna.
¿Qué o quién me curó? Estoy segura que la maternidad.
Ahora entiendo cuando la doctora Rondón me decía: «ser mamá te hará bien».

Hermoso y sincero relato. Me alegro contigo en saber que tu pequeñito sanó tu espíritu. Un abrazo grande, de mamá a mamá.
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¡Muchas gracias, Paloma! Te envío otro abrazo inmenso de mamá a mamá =) ❤
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